Yo tengo un grupo de amigos geniales. Compartimos sueños, proyectos a veces… pero nuestro verdadero faro, el que nos une y agrupa plácidamente en torno al fogón de la charla transitada, es el pasado. Nos ilumina el rostro, pues hacia él miramos evocando viejas hazañas, y las sombras quedan detrás de nosotros, en el futuro, como corresponde a nuestras idiosincrasias.
Ah! ¡Mis amigos! Si hasta parece que desdeñáramos ese futuro mientras desandamos años con la herramienta del recuerdo, o del recuerdo de un recuerdo, un eco que pareciera hecho de algodones desde la distancia que impone el tiempo, eco originado sin embargo por un evento que sonó a metales mientras acontecía. Pero el andar del reloj y el relevo de calendarios diluye gravedades, y hasta lo que fue insoportable dolor en su momento ahora comienza a ser motivo de resignada sonrisa.
Evocaciones de circunstancias vividas hace años nos entibian las gargantas y los oídos, colmándolos de un néctar agridulce ya degustado. Algunos ven mal esto. ¡Que saben?
No son amigos de Peralta, de Martín Fuentes, ni de Gadea… por eso hablan de nostalgias inútiles o desdibujadas. Hasta lo ven como un freno a nuestras vidas, o como el extraño retorno a un lugar imposible.
Peralta suele mencionar casi siempre aquel día en que hizo un gol de media cancha, siendo él arquero, tras haber eludido a tres o cuatro, o a cuatro o cinco del equipo adversario. Después, pum!, el certero envío al ángulo superior derecho del arco contrario, habiendo buscado definir justo allí. Uno a cero, sobre la hora y definitivo!
Gadea dudará de ésta afirmación, aunque tibiamente, sugiriendo que aquel partido según le parece, terminó empatado. Pero el movimiento de brazos de un Peralta indignado por esa duda y el verlo sacudir la cabeza tan fuertemente negando toda posibilidad de un empate en aquel cotejo termina por convencernos. Un ídolo Peralta, el mejor arquero de la historia, y mejor definidor todavía. Lástima que una extraña lesión, que al final no fue tal… o un mal representante, en fin, un hecho confuso lo dejó junto a su magia fuera de equipos de renombre. Esa es la parte que prefiere no explicar, pues aun le duele.
Distinto es el caso de Martín Fuentes. Él es actor, y extraordinario, según lo que él comenta que dicen los que lo vieron. En los ’90 se fue a Uruguay por un tema de negocios y allí se dio cuenta, casi por accidente, que el escenario era lo de él. A las pocas semanas de entrar a un grupo de teatro vocacional ya demostró ser el más capacitado, y por lejos!
Ductilidad, memoria, máscara… qué no tenia a favor Martín? Nunca olvidará una noche, la central en sus relatos, en que a punto de entrar a escena con el teatro repleto, fue víctima de un atentado. Un actor mediocre y envidioso le puso algo en el mate y lo indispuso intestinalmente de tal modo que terminó, vestido de Hamlet, en la guardia de un hospital montevideano. La inesperada internación y los posteriores días de reposo lograron que ese actorzuelo malicioso y de cuarta línea consiguiera reemplazarlo definitivamente en el papel protagónico. Tal fue el dolor que le provocó ésta injusta circunstancia que le juró a quien quisiera oírlo que nunca mas pisaría un escenario, negándole al mundo la posibilidad de apreciar y premiar su talento indiscutible. Ahí será Peralta el que haga una observación referida a que no le queda claro en que momento de los ’90 pudo haber ocurrido tal desgracia, pues en esa época trabajaban juntos y no recuerda ningún viaje de nuestro amigo a la otra orilla. El profundo enojo de Martín Fuentes ante la observación nos convence inmediatamente que cada palabra salida de su boca debe ser tomada como absolutamente cierta.
Y Gadea, con sus diseños industriales. Tanta capacidad en un solo hombre! Ya desde joven venia diseñando ciertas maquinarias, que por mejoras explicadas en sus planos, reducían costos, ahorraban energía, facilitaban las tareas. No terminó la carrera de ingeniería y sin embargo supo erigir en su mente un mundo de tecnologías superadoras, tecnologías que él pacientemente volcaba en planos complejos, inaccesibles para hombres de ámbitos ajenos a los conceptos de la mecánica y de las mediciones microdecimales. Siempre se rehusó a enseñarnos aquellos diseños, entendía que era en vano pues encerraban tal complejidad para quienes no están en el tema que de sólo verlos podría atacarnos un dolor de cabeza. Pero existen las desgracias. Eso lo que suele decir cuando recuerda el día en que entró a su habitación y vio que faltaba íntegra la carpeta con todos sus trabajos, trabajos que habían consumido años en su elaboración. Su madre, en un descuido, arrojó toda aquella revolución técnica a la basura, creyéndolos papeles para el descarte. Una vez, al poco tiempo que Gadea nos comentara por vez primera ésta mayúscula desgracia, supe cruzarme con su madre en el mercado del barrio. Saqué respetuosamente el tema, sobreentendiéndolo como una confusión posible para toda mujer que realiza tareas domésticas de limpieza. Pareció no entender de que le hablaba, señalándome que se trataría de un malentendido mío. Ya no vuelvo al comentario de ese dialogo infructuoso con su madre en el mercado cuando es contada la anécdota, pues Gadea sistemáticamente y durante años sostuvo que su madre fingió no entenderme en aquella ocasión, pues le dolía demasiado haber frustrado de un modo tan torpe lo que iba a ser el merecidícimo reconocimiento del mundo hacia su hijo. Su madre ya ha fallecido y a la tumba se llevó la posibilidad de volver conversar sobre aquello.
Y quedo yo, sinceramente el más humilde de mis amigos, pues no me gusta alardear de esa capacidad superlativa que poseo para escribir historias. Es un don, y como tal, lo respeto. Soy el autor de una novela que de seguro trascenderá épocas. Por estilo, por complejidad en la trama, por la diversidad de personajes y sus deslumbrantes características. Esa novela será un hito en la historia de la literatura, como lo fue el Quijote en su momento y aún después. Deja contrariados a mis interlocutores que una obra tan importante y trascendente se me haya ocurrido en el mas pequeño y mediocre cuarto de hotel imaginable, durante un lluvioso fin de semana en Mar de Ajó. Y esa es la paradójica circunstancia que suelo evocar junto a mis amigos. Pero pese a la insistencia de Martín, a la novela aún no la escribo. Por entendible recelo todavía no me permito volcarla al papel. Es que al ver las desgracias ocurridas a mis valiosas amistades tengo temor de ser plagiado por un oportunista, o lisa y llanamente robado, y permanezco cauto ante la posible existencia de un negro destino, de una fatalidad sobrehumana, que nos hermane en el desencanto. Es que ellos fueron protagonistas de vidas increíblemente fructíferas en su momento y es llamativo el modo en que han ido cayendo en desgracia. Cuanto talento; el mío y el de mis geniales amigos!