Éste espacio es de distensión, no esperen aquí hallar La Biblia ni erudiciones sorprendentes. Pero soslayando numerosas intrascendencias que irán saliéndoles al paso, como inútiles culebras, de algún modo podrán toparse también con chapuceras verdades, que mas allá de su vuelo bajo están forjadas a prueba de toda objeción. Chapuceras y ordinarias, es cierto: pero verdades al fin. Para quien voy a mencionar a continuación ésta revelación llega tarde, y sabemos que es en vano vacunar a un muerto.
Pero las verdades están para decirlas y aquí voy: Si Michael Jackson hubiese sido argentino estaría vivo. Inobjetable es ésta afirmación, la cual haré extensiva luego a otras figuras de coincidente renombre. Será despues de explicar el mecanismo de tan incuestionable y autóctono prodigio.
Jackson murió solitario y gris, circundado por cócteles farmacológicos que no serian verosímiles en la habitación de cualquier hombre de Caseros o de Saenz Peña. En una casa de barrio hay vino, señores, y no mucho mas, si de elíxires hablamos. ¿Sumamos licor de huevo, o de mandarina, hecho por una tía devota? Muy bien, hasta ahi sumemos.
En casa de un argentino, y mas aún teniendo tantos hermanos, no hay posibilidad de semejante soledad. Una parrilla los hubiese aunado complacidos y, entre choripanes y riñoncitos a la parrilla, el viejo, el padre de todos los Jackson, hubiese pergeñado chistes sobre el cambio de color de su hijo. Chistes tontos pero eficaces, del estilo: - Miguelito, ¿viste a la parca que estás tan pálido?, ante la risotada guasa de los otros Jackson, quienes en lugar de “Jackson Five” se llamarían “Los Cinco Rítmicos” o algo parecido. Y La Parca, en un lugar así, se sentiría sobrando y el afinado Michael sería listado en el cielo recién con la testa canosa, o ya calvo y añoso, como un digno Leonardo Fabio, al que por ser argentino no lo llaman todavía (pues Dios tambien es argentino y por el cariño que nos tiene, lo guarda aun entre nosotros)
Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Curt Cobain y otros mas quedan asimilados a ésta teoría inmediatamente. Hubieran contado ellos también, de haber sido argentinos, con el beneficio de un Palito Ortega, a falta de hermanos coreutas, tal como le ocurrió a Charly García. Un morocho que se ocupe de aceptarlos en su casa para que se dejen de joder con los excesos, al menos por un tiempo. La calidez de un amigo, sumado a un buen asado a la parrilla, aletarga toda idea de suicidio o de autoflagelación “in extremis”. No sé si la extirpa, pero la aletarga, y eso no es poco.
Lo que no pueden los brillos del éxito, el paseo de la fama y las tapas de la “Rolling Stone”, lo pueden un vaso de vino y un chori en la costanera paladeados en cálida compañia.
Luca Prodan estuvo a un metro de comprender tamaña panacea; pero la ginebra y el choripán, casi en simultáneo, no son compatibles con ésta ley criolla ni con el hígado humano.
martes, 16 de marzo de 2010
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